"La verdad escondida ". Segundo premio, III Certamen microrrelatos Dr. Mena 2026
La verdad escondida
Casi nunca se hablaba de Joel, y si alguien preguntaba, un incómodo silencio surgía. Mi hermano vivía en un mundo interior silencioso, envuelto en el silencio de aquellos que le rodeábamos.
Joel nació sordo, cuando mis padres recibieron el diagnóstico, hicieron lo único que les habían enseñado: silenciar el problema. "Lo que no se nombra, no existe", promulgaba mi abuela y así se practicaba con la misma fe que el ayuno en Pascua o la comunión los domingos.
Joel tenía satisfechas todas sus necesidades físicas, y alternando premios con castigos le enseñaron normas básicas de autocuidado y urbanidad, pero nadie se ocupó de su intelecto, limitando al máximo sus incursiones en sociedad. Nadie, excepto John Walker. Él fue el primer maestro del pueblo. John no sé conformó con enseñar sólo a los niños de las familias ricas que acudieron el primer día a la escuela, sino que visitó cada casa, aumentando progresivamente el número de alumnos, hasta que llegó a la nuestra, donde se encontró una rotunda negativa con respecto a Joel. Pero John era un hombre con un férrea convicción: “Toda persona es educable, sólo hay que encontrar la manera”. Así que no se rindió, hasta que mis padres permitieron que le enseñara en casa. John pidió asesoramiento a Thomas Brandwood, un maestro inglés, precursor de la enseñanza de sordos en Reino Unido, recibiendo en respuesta una larga carta, varios libros del autor y una invitación a visitar su colegio. John enseñó a mi hermano el alfabeto apoyándose en gestos, y poco a poco, el lenguaje de signos para comunicarse, según él mismo lo aprendía.
Al verlos, yo también quise aprender. Poco a poco mi hermano se abría al mundo y allí estaría yo para verlo, a la vez que lo compartíamos.


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